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6TOROS6 : ENCUENTRO EN BARCELONA

ENCUENTRO EN BARCELONA


6Toros6
ENCUENTRO EN BARCELONA
unque he estado en Barcelona bastantes veces, algunas de ellas viendo toros (otras de turismo y otras en conciertos de música), de la última hacía ya unos cuantos años. No muchos, pero sí los suficientes como para que la situación política haya cambiado (y empeorado) radicalmente. En aquella última vez ya no se celebraban festejos en la Monumental, pero todavía no había estallado con virulencia el independentismo ni se había puesto en marcha el “procés”. Sí estaba vigente el progresivo antitaurinismo de unos partidos políticos y el silencio cómplice de los otros, pero nada de lo que entonces se vivía hacía presagiar el nivel de descomposición política, y en algunos sectores también social, que en estos momentos se vive en Cataluña… esto último si nos atenemos a lo que vemos en televisión, porque la realidad es que, paseando por Barcelona (ya sé que en la Cataluña interior el clima es otro), la situación por fortuna es muy distinta a lo que sale casi todos los días en los telediarios. Por pura casualidad, sobre estos temas, el político-social y el taurino-animalista, relacionados ambos con Cataluña, el domingo pasado aparecieron en la prensa dos artículos muy elocuentes: en El País, Mario Vargas Llosa hizo una excelente disección de las mentiras que alimentan al “procés”, mientras que sobre el animalismo ñoño y el antitaurinismo ramplón escribió en La Vanguardia Pilar Rahola. Es pertinente indicar que lo que en Vargas Llosa eran argumentos de meditado peso intelectual, en Rahola lo eran de improvisado y simple debate televisivo, cuando no sencillas consignas de manifestación animalista. El artículo completo de Rahola no tiene desperdicio, pero tres frases ponen de manifiesto lo que piensa de muchos seres humanos en general y de los aficionados a los toros en particular. Estas son: “El ser humano es un depredador descarnado, cuyo instinto de destrucción supera los límites de la supervivencia y aterriza en el puro sadismo”; “en el paroxismo de la miseria, hemos convertido la tortura de animales nobles en una forma de ocio”; y, por último, “que el toreo, por Aejemplo, sea considerado cultura y elevado a categoría de ‘patrimonio cultural español’ nos da la medida de la negrura que puede habitar en el alma humana”. En el alma humana española, entiendo yo que quiere decir. Pero, ¿desde cuándo se interesa doña Rahola por el ‘patrimonio cultural español’, ella que no se siente española y que es una defensora a ultranza de la república catalana? En cambio, de su columna me gustó su definición del toro como un “animal extraordinario y sensible”; si será extraordinario y sensible el toro de lidia –sensible en modo toro bravo, no lo olvidemos, no en modo gatito de compañía, esos gatitos que se pasan su vida entera sin pisar la calle presos en las casas de sus propietarios y propietarias–, que con su singularidad es capaz de ser partícipe, junto al torero, de una obra de arte única e irrepetible. Además de algún caballo famoso, real e inventado, y de un gorila de no sé cuántos metros de altura y corazón de adolescente enamorado, son los nombres de los toros bravos los únicos de los que queda memoria. Leí estos dos artículos en Barcelona un día y poco después de dar una conferencia en la Casa de Madrid de esa ciudad, organizada por la Federación de Entidades Taurinas de Cataluña, acto en el que presenté el Diccionario Ilustrado de las Suertes del Toreo, al tiempo que mostré en imágenes muchas de las páginas del libro y hablé de numerosas suertes, antiguas y modernas. No voy a hablarles ahora del contenido del libro, primero porque ya lo hice en esta misma página la semana pasada, y segundo porque la mayoría de ustedes ya tienen un amplio conocimiento del Diccionario. Sí voy a contarles, en cambio, la sensación que tuve al encontrarme en Barcelona con unos pocos antiguos amigos y con muchos aficionados que no conocía. Allí estuvieron, además de otros muchos de los que no sé el nombre, Paco March, el bibliófilo y escritor Fernando del Arco, el profesor y economista Vicente Royuela, la compositora Elvira Checa y su hijo Luis María Gibert, Luis Corrales, el matador de toros y abogado Ángel Lería, Gerard Mas (de la UTYAC), Alejandro Gasch, Manuel Salmerón (presidente de la Escuela Taurina de Cataluña), Eduardo Rubio, Carmen Martínez, Marisa González, José María Alarcón (periodista que mantiene un programa en Radio Sant Boi), Florencio García (presidente de la Casa de Madrid) y Alberto Taurel. Todos ellos me mostraron, con su talante y afición, que hay una Cataluña distinta a la independentista que aparece en los telediarios; una Cataluña dialogante y aficionada a los toros, profundamente conocedora de la Fiesta, esperanzadora pero sin perder la cabeza con el actual tema de Olot; una Cataluña de aficionados que se implicaron en la charla con preguntas pertinentes y muy profundas, algunas sobre aspectos esenciales y otras sobre cuestiones curiosas, pero nunca banales o superfluas. No puedo hablar por los demás, pero yo pasé un rato excelente, me sentí como en casa y disfruté hablando de toros en libertad con unos amigos que tienen su afición proscrita. No es fácil ser aficionado a los toros en Cataluña, y ellos mantienen su afición con valentía y dignidad. Y luego está la ciudad, alegre y tranquila, a pesar de la huelga de taxis que colapsaban el centro. Paseando el fin de semana por Barcelona comprendí que hay otra ciudad también distinta a la que suele aparecer en la televisión. Una ciudad que quiere vivir tranquila y feliz, disfrutando de sus innumerables maravillas arquitectónicas y culturales, y también de su idioma y de su identidad, absolutamente respetables. Digan lo que digan, el idioma no es un obstáculo, porque nadie me habló en catalán desde el momento que supieron que yo no lo hablaba. Y, además, no les exagero ni miento si les digo que, aunque hay bastantes esteladas colgadas en los balcones (según los barrios), sólo vi a cuatro personas con el lazo amarillo. Cuatro, ni una más ni una menos. También eran cuatro, casualmente, los grandísimos retratos de Manolete, José Tomás, Cayetano y Morante de la Puebla que adornan uno de los salones de un restaurante de la céntrica Rambla de Cataluña.
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